Messianismo

Parece de película. Minuto 92 del partido, es inminente la finalización del partido en el estadio Santiago Bernabeu. El Barcelona y el Real Madrid empatan 2 a 2. Pero de pronto, ocurre lo impensado: Messi se queda con la pelota justo a la altura del punto de penal y patea, gran silencio… los hinchas del Barcelona explotan, los del Real enmudecen. El jugador argentino ha conseguido de un solo golpe la victoria, su gol número 500, la punta de la tabla, la furia de Cristiano Ronaldo y la adoración de la prensa ibérica.

Si en España los titulares lo llaman “Sant Messi”, lo califican de “superior”, “brillante”, “extraterrestre” y “de leyenda”, la prensa argentina no tarda en hacerse eco de estos calificativos. No se habla tanto de Messi en sí, sino más bien de lo que otros dicen de Messi. Y, como siempre, por supuesto, surgen los interrogantes: ¿cómo es que este jugador brillante no brilla en su Selección? ¿Será que Messi juega peor cuando se pone la albiceleste? ¿O será que los argentinos no nos merecemos a Messi?

La historia es una archiconocida: el ídolo que triunfa en el exterior pero no es reconocido en su casa. Ya lo dijo San Mateo, y en Argentina lo hemos comprobado y repetido hasta el hartazgo: nadie es profeta en su tierra. Como mucho, sólo llegan a serlo después de haber sido profetas en el Hemisferio Norte. ¿Qué se sabría de Ginóbili si no hubiera llegado a la NBA? ¿O de Martha Argerich si no la hubieran aclamado en Europa? ¿Qué pasó con Favaloro cuando volvió a la Argentina? Hasta el tango, símbolo porteño, nació como una música de segunda y sólo se lo reivindicó en Buenos Aires cuando se puso de moda en París.

Nos encanta que hablen bien de “uno de los nuestros”, pero tenemos problemas para hacerlo nosotros mismos. Y esto no se trata de exitismo ni de derrotismo argentino. Es más bien nuestra ciclotimia entre un extremo y el otro.

Volviendo a las metáforas deportivas: como ya señalé en alguna oportunidad, cuatro años es lo que dura una presidencia y también el período entre mundial y mundial. Y los estados anímicos que nos produce uno y otro período son comparables.

Argentina llega al Mundial siempre como favorito, y –casi siempre- se vuelve sin la copa. Los medios y la gente pasan del cuestionamiento al exitismo y después al derrotismo absoluto. Termina el Mundial y empiezan cuatro dolorosos años en los que se vive bajo el fantasma de la “no clasificación”.

Con los gobiernos pasa más o menos lo mismo que con los directores técnicos. Ponemos todas las esperanzas de salvación en un recién llegado, lo repudiamos al primer traspié, nos decepcionamos, y pasamos cuatro años esperando a que alguien lo reemplace (si no es antes).

Nuestras alternativas parecen ser el triunfo inmediato o la renovación inmediata. Nos volvimos impacientes. Nos volvimos mesiánicos; depositamos todas nuestras ilusiones en ese al que le va bien afuera, ese que viene con el sello de calidad estampado en Europa, y que nos va a traer la victoria en un abrir y cerrar de ojos. Y cuando eso no pasa como lo habíamos imaginado, nos enojamos y lo queremos afuera.

Me parece, sin miedo a exagerar, que nuestro fútbol refleja nuestra forma de ser como pueblo. Y lo mismo ocurre con la política. Al político mediocre le importa, ante todo, ver cómo hace para ganar las próximas elecciones, de la misma manera que nosotros tenemos la vista fija en Rusia o en Qatar, sin preocuparnos por armar un equipo o por alimentar un espíritu. Pero un país, igual que su Selección, no existe una sola vez cada cuatro años.

A ver: Messi es un ídolo en Europa, eso es indiscutible. Que es un crack en todas partes, también. Lo que no podemos pedirle es que sea acá igual que allá. Ya muchos problemas tuvimos los argentinos con creernos más europeos que latinoamericanos, por sentirnos más cerca de los daneses y los alemanes que de los peruanos y paraguayos. Sarmiento, el primer europeísta, fue famoso por traer al país especies extranjeras, como los gorriones, que una vez en este ecosistema extraño se transformaron en plagas.

Nadie va a venir del Viejo Mundo a salvarnos de nuestra mediocridad. Ni Messi ni Mesías. Es preferible armar un buen equipo, un proyecto a largo plazo, incluso si Messi no está en él. Hablando de eso: ¿por qué no convocar a Icardi? El tema tan reiterado de los “códigos” me suena también a política, en el peor sentido posible. Es verdad, Icardi hizo algo –digamos- cuestionable en su vida privada, ¿pero quién le va a tirar la primera piedra? Si 22 muchachos no pueden ponerse de acuerdo y jugar juntos en el mismo equipo incluso con personas que no les caen bien, ¿cómo podemos esperar que lo hagan 43 millones de argentinos? Suena un poco utópico, ¿no?.

Claro que no es sólo Messi, sino todos los “salvadores” que invocamos cada cuatro años, todos los que dejamos afuera por no compartir todos y cada uno de nuestros valores. Hay que formar equipos con lo mejor que tenemos, y a partir de lo que cada uno puede hacer, sin ponerle a uno solo la carga total del triunfo o de la derrota, eso es trabajar en equipo, sin personalismos, cosa muy difícil en política, tan miserable y mezquina.

Desde que Cambiemos llegó al poder, implantó un discurso cuya principal virtud es no proponer soluciones mágicas ni mesiánicas. El gobierno habla del largo plazo y del esfuerzo, aunque -es verdad- las miras se vuelven más estrechas cuando ven acercarse las elecciones y sienten la importancia de ganarlas. Las necesidades operativas deben tenerse en cuenta, claro, por supuesto, pero sin hacer del triunfo en las urnas el único objetivo. El bilardismo tal vez nos haya dado algunas alegrías, pero no funciona en todos los contextos, y mucho menos en la política.

Una última observación en cuanto a las eliminatorias o las próximas elecciones: relajémonos un poco. Después de todo, lo lindo del fútbol y la política es precisamente que ninguna victoria o ninguna derrota es definitiva. Si ganamos o perdemos, el destino es el mismo: seguir trabajando otros cuatro años para que la siguiente performance sea mejor que la anterior.