Properonismo

El último Día del Trabajador nos regaló una paradoja insospechada. Era esperable, eso sí, que el movimiento obrero celebrara dividido, como de hecho ocurrió: hubo cuatro actos diferentes en distintos puntos de la ciudad, uno de la CTA, uno de la CGT, uno de los partidos de izquierda y uno de las 62 Organizaciones. Lo sorpresivo de la jornada fue que este último estuviera protagonizado por Mauricio Macri.

En el acto que la agrupación dirigida por Gerónimo “Momo” Venegas organizó en Ferro, el primer mandatario dijo presente, hizo algunos anuncios genéricos y hasta se atrevió a citar a Juan Domingo Perón. Un gesto difícil de leer, en sus intenciones de uno y otro lado, y que seguramente generó malestar también en los dos lados de la grieta.

El acercamiento de Macri al peronismo no es algo nuevo. En el 2015, siendo candidato presidencial, había inaugurado un monumento a Perón frente al edificio de la Aduana. En aquella oportunidad lo acompañaban el mismo Venegas, Eduardo Duhalde y el entonces dirigente de la CGT Hugo Moyano. Macri se atrevió a acusar al gobierno de Cristina Kirchner parado de representar un falso peronismo: “se dicen peronistas y niegan la pobreza”.

Se trata de un camino tortuoso y contradictorio para un muchacho del Cardenal Newman que hace poco se jactaba de que no hubiera habido choripanes en la marcha en su apoyo del 1 de Abril. No importa, ya que todo es posible para el peronismo: un movimiento que, lejos de verse perjudicado por las contradicciones, crece gracias a ellas. Con todo, no hay que olvidar que Macri ganó la presidencia planteándose como algo nuevo, con una fórmula propia, y apelando a un electorado que en general no se identifica con la parafernalia del sindicalismo.

Por eso, no se puede esperar una conversión absoluta, pero sí acercamientos, flores y coqueteos como los que vimos el lunes. No deja de ser un poco incómodo ver a la gente de Cambiemos tararear la marcha peronista, y a los dirigentes sindicales entonar el “sí, se puede”, todo al compás del bombo del Tula. Por ahora parece un contacto tímido, una mezcla de agua con aceite. Las palabras finales de Macri no pueden ser más misteriosas: “Hoy es un día peronista, pero me atrevo a decir Cambiemos”.

 

Es verdad que se trata de un movimiento audaz del presidente, que está sabiendo aprovechar lo disgregado de la oposición y del sindicalismo. Pero la audacia se queda ahí, “ni muy muy, ni tan tan”, y termina en un gesto que nadie sabe bien cómo interpretar. Siempre, y especialmente en los momentos de incertidumbre, un político debe saber transmitir mensajes claros: expresar quién es, y por qué hace lo que hace. Tiene que saber vender su marca, no hacer una serie de acciones misteriosas, y dejar librada su interpretación a su electorado.

En busca de capital político y nuevas alianzas, quizás en los albores de una ruptura con la UCR, Macri decidió recurrir a la marca peronista. Pero recurrir a la parafernalia del movimiento obrero nunca es gratuito. Tal vez los efectos del desconcierto provocado se hagan sentir en Octubre, o la marca Cambiemos, en estas idas y venidas, vaya perdiendo su propia identidad.

No olvidemos que, en su historia, el peronismo ha sabido incluir y absorber a todos, desde la ultraizquierda y la ultraderecha de los 70, hasta el neoliberalismo de Menem y el neopopulismo kirchnerista. El peronismo puede fagocitar al macrismo sin perder su esencia. Pero absorber al peronismo, si es lo que se propone, está más allá de las posibilidades reales de Cambiemos.