El efecto lavandina: Dime con quién andas y te diré quién eres

Hace ya unos meses que las aguas de Cambiemos están revueltas. No a un nivel catastrófico, ni mucho menos, porque hasta ahora el gobierno supo mantener el orden en sus filas. Las rispideces se sienten, a la distancia, pero nadie habla públicamente de ellas. O casi nadie. Lo cierto es que el efecto elecciones suele ser desgastante para las alianzas: es el momento en que surgen los egos reprimidos, salen a la luz internas y enemistades, y empieza la pulseada para los que quieren ofrecerse como “presidenciables” de cara al 2019.

El retorno de Martín Lousteau del exilio estadounidense, su apuesta por la capital, y las presuntas intenciones de Elisa Carrió de competir, en un principio, por la provincia de Buenos Aires, obligaron a Cambiemos a tomar decisiones rápidas, pero al precio de mostrar fisuras internas, y quizás de empeorarlas. Precisamente en Carrió pensaba cuando dije que casi nadie habla de estas cosas. Por el solo hecho de involucrarla, el enroque electoral de Cambiemos se realizó bajo un nivel de exposición altísimo.

Si el gesto de acatar sin más la decisión de Macri y de Vidal podía haberse leido como una señal de subordinación de Carrió, ella misma se ocupó de desmentirlo con varias declaraciones en contra de la línea general del gobierno, que culminaron, esta semana, con una queja dirigida al propio presidente por “no defenderla” frente a los lobbyistas que quieren acallar sus denuncias sobre casos de corrupción.

El malestar que generó este reclamo llegó a avivar los rumores de una posible baja de la candidatura de Carrió o, más aún, su ida de Cambiemos: una eventualidad que, todos coinciden en señalar, sería desastrosa para el frente. Horacio Rodríguez Larreta llegó a decir que la fundadora del ARI “representa los ideales de Cambiemos”.

Juan José Campanella, en twitter, consideró que sin ella la alianza del gobierno “pierde 1/3 de su cabeza y todo el corazón”. Curiosa la elección de fracciones del cineasta. Lo cierto es que Carrió no pertenece al núcleo ideológico duro de Cambiemos, pero sí es la artífice y el cemento de la alianza. Es una aliada incómoda, porque puede generar situaciones caóticas como esta, pero eso mismo la vuelve tan valiosa.

Se trata de lo que llamo el “efecto lavandina”. Carrió es uno de esos personajes que parece limpiar y purificar todo lo que toca. Es por el “efecto lavandina” que cualquier dirigente moría por una foto con Juan Pablo II, con Mandela, o la Madre Teresa, para tenerla enmarcada en la oficina. Como si el mero contacto con esos personajes de probada reputación sirviera para librar al político de sospechas de corrupción o indignidad.

Precisamente por eso el gobierno no puede prescindir de Carrió. No es tan importante su posible impacto electoral como el hecho de mantenerla cerca y en la foto. A fin de cuentas, es el viejo y sabido dime con quién andas, y te diré quién eres…

Como diría la publicidad de una tarjeta de crédito, la reputación es algo que no se puede comprar, sino que se va construyendo de a poco y en el largo plazo. Es como la marca que constituye a cada dirigente, y que guía las reacciones de los ciudadanos hacia ellos.

Exactamente como ocurre con un consumidor, una vez que el nombre está establecido, un votante se dejará llevar por sus respuestas emocionales, sin preocuparse por buscar información excesiva (San Martín, 2003). La integridad de Carrió es casi un símbolo patrio, un meme como el caballo blanco de San Martín, la sonrisa de Gardel y el oído absoluto de Charly García (quizás exista algo así como la reputación absoluta…).

Pero ojo, que la reputación puede ir en ambas direcciones, y así como existe el “efecto lavandina”, existe también el “efecto barro”. Hay dirigentes a los que no se puede tocar sin quedar manchado. A algunos, entre los que se cuentan varios funcionarios del gobierno anterior, seguramente nadie quiera volver a tocarlos. Nunca jamás: muchos se deben estar recortando de fotos en las que aparecen dándoles la mano.

En otros casos no queda otra que meterse en el barro, y hay que hacerlo con asco: ya lo hizo el kirchnerismo con sus dudosas alianzas con Patti y con Menem, y lo hace ahora cierto sector del peronismo con Cristina Kirchner.

Claro que ni siquiera recurrir al efecto lavandina está exento de problemas. Desde el momento mismo en que se fundó Cambiemos, todos tenían claro, o al menos debían tener claro, que Carrió no es una persona de callar sus descontentos en busca de un rédito político.

La paradoja a la que enfrenta el gobierno es que estos desplantes son peligrosos, pero al mismo tiempo son necesarios. Si Carrió dejara de hacerlos, dejaría de ser Carrió, perdería la marca, y con eso también toda la utilidad y el impacto de su reputación. Por eso el frente tiene que jugar en el límite: mimarla mucho, retarla lo menos posible.

Su eventual salida de Cambiemos sería una hecatombe, pero mucho peor aún sería tenerla en la vereda de enfrente. No exageraba, Campanella, al decir que “en estos días se juega la historia”. Es que a la lavandina, según veo que dice el envase, hay que manejarla con cuidado.