Que hablen bien o mal; lo importante es que hablen de mí

“El más puro tesoro al que puede aspirar un ser humano en estos tiempos es a una reputación sin mancha,
que le sobreviva, Los hombres son como cerámica dorada o barro pintado”

William Shakespeare

“Que hablen bien o mal; lo importante es que hablen de mí”. Esta frase, hoy mantra indiscutido de la farándula, fue acuñada originalmente por Salvador Dalí, incomparable precursor del márketing personal. Para el pintor español, todo valía para mantenerse en el centro de la mirada pública, sin importar lo extravagante o escandaloso que fuera.

Mientras el nombre de Dalí -la marca Dalí- se mantuviera en boca de todos, el precio de sus obras seguiría subiendo.

Quizás el mayor descubrimiento de los modernos mediáticos es que ni siquiera es necesario ser un genio como Dalí para vender. Lo único importante es que la gente hable. Carreras televisivas enteras se han armado alrededor de un escándalo, de una frase, de un meme. El imperativo es mantener la visibilidad a cualquier precio, así sea con una exposición totalmente vacía de contenidos.

No es extraño que esta misma obsesión se haya trasladado a la política, que mantiene un vínculo simbiótico con los medios de comunicación. Para un candidato es lógicamente vital mantener una buena presencia en los medios. Para quienes obtienen una banca en el Congreso pero tienen aspiraciones más altas (como, hoy por hoy, Sergio Massa) suele ser un dilema la forma de mantener su visibilidad desde el poco atrayente poder legislativo.

“Que hablen bien o mal pero que hablen” podría parecer un lema terrible para el área de la política, donde se supone que lo que más importa son precisamente los contenidos. Pero, de hecho, las encuestadores no sólo miden la imagen positiva y negativa de un aspirante, sino su grado de conocimiento entre la población. Porque se supone que el votante va a inclinarse por lo que mejor conoce. Y como dice aquella otra frase: “más vale malo conocido…”

Este forma de pensar llevó, recientemente, a una pronunciada farandulización de la política. La tentación es lanzar candidatos que sean conocidos previamente como deportistas, actores o personajes mediáticos. De esta forma, el equipo de campaña se ahorra el arduo trabajo de dar a conocer al candidato. El mensaje, poco importa. Cuando -como ocurrió hace un par de años con el “corta la bocha” de Ivo Cutzarida- algún mediático toma repercusión política, enseguida las encuestadoras se lanzan a “medirlo”.

El más temprano de estos casos debe ser sin embargo el de Daniel Scioli, que hizo el salto a la política sin otra credencial que haber sido una estrella en la farándula menemista. De su ideario nunca se supo mucho, y tampoco queda nada memorable de su paso por el congreso, y las secretarías de Turismo y Deporte.

Sin embargo, bastó con su imagen pública para alcanzar la Vicepresidencia y después la gobernación de la provincia más grande del país. Su aura mediática lo sostuvo a los embates de su propio gobierno, de la oposición y de sus desaciertos, y después de 12 años en el riñón íntimo del kirchnerismo, este “hombre de amianto” se permitió acariciar la presidencia de la Nación. El 49% de los votantes quiso verlo con la banda puesta.

Pero ni siquiera la derrota, ni siquiera la falta de un armado político, ni las ruinas que dejó su gestión como gobernador, fueron suficientes para mermar la proyección del “Pichichi”. No; el último gran tropiezo de Scioli no tiene su origen en la política, sino en la misma farándula que lo llevó al poder, y que lo mantuvo fielmente en él durante más de 20 años. De vez en cuando, resulta que no “vale todo” con tal de obtener visibilidad.

Uno puede suponer que no fue la primera vez que Scioli mintió frente a una cámara. Pero haberlo hecho en ese terreno tan doblemente suyo: los medios y la vida familiar.

El golpe de gracia fue la mención del aborto. De confirmarse, sería lo más cerca que estuvo este escándalo de la política: en 2015, aún como candidato presidencial, Scioli había dicho que se oponía a legalizar el aborto. Una muestra demasiado cruda de cómo algunos políticos sienten merecer otro estándar que el de la gente común.

Hay excepciones para cada regla. En los últimos días todos hablaron de él, pero me atrevo a suponer que sin sumarle un solo voto. De cara a octubre, no será necesario esperar mucho tiempo para ver si este fue el momento en que el hombre de amianto finalmente se quemó.