Elecciones de medio término y la sucesión de liderazgos

A menudo, las elecciones de medio término son mal tomadas como termómetro de una gestión. Es un error en el que caen políticos y analistas por igual. Es cierto que a los gobiernos les cabe esperar, casi siempre, un voto reactivo, pero los resultados en las elecciones legislativas no siempre predicen lo que ocurrirá en las presidenciales. A modo de ejemplo, recordemos que, en 2009, Cristina sufrió un duro voto castigo como consecuencia directa de la crisis del campo. De Narváez la derrotó en las urnas, y empezó a evaluar una posible candidatura presidencial. Dos años después, el colorado ni siquiera fue candidato y Cristina se impuso con el famoso 54% de los votos.

La gente tiende a seguir los procesos políticos con una impaciencia muy comprensible, que a veces se traduce en un voto castigo. Pero cuando llega la hora de la verdad, es más propensa a acompañar un proyecto, aunque lo sepa imperfecto. Tomemos estas elecciones como lo que son, sin exagerar su importancia, pero también sin minimizarlas. Después de todo, se trata de un momento en el que puede cambiar la fisonomía de las cámaras legislativas y, también, de la plataforma en la que los liderazgos surgen y se consolidan, reconfigurando la estructura interna de cada partido.

Sabemos que en estos procesos hay dos niveles bien marcados, uno público y uno oculto. En el oculto, como ocurre en los vestuarios de fútbol, los miembros del equipo pueden sacarse los ojos mutuamente, pero se comprometen a no mostrarlo afuera, en la cancha. El deber de un equipo es siempre aparecer compacto y unido. No obstante, sabemos también que cuando hay disenso interno tiende a notarse. Tampoco faltan quienes rompen lo códigos y hacen públicas las internas. Sin ir más lejos, es algo que el gobierno nacional viene sufriendo últimamente.

La etapa en que finalmente se consagra un candidato, después de arduas negociaciones, es la más luminosa. Todo se hace público como si lo oculto nunca hubiera existido. Es el momento en que se levanta el telón y la escena aparece ya armada, sin rastros del desorden que hubo entre acto y acto.

Se sabe que uno de los momentos más intensos en la vida partidaria es el de la sucesión de liderazgos. Cuando un líder elige a un heredero, no necesariamente lo hace por las mejores razones. A veces esto responde a cuestiones de necesidad estratégica, y por qué no, a decisiones irreflexivas. Hasta a meros caprichos. Con más razón, las sucesiones pueden generar recelo, peleas y rencores en el interior del partido. De los líderes depende no sólo elegir un heredero, sino garantizar que la transición sea ordenada en el interior de su propio movimiento. En 2015, por ejemplo, Cristina Kirchner se vio obligada a elegir a un sucesor que no la convencía ni siquiera a ella y que sus partidarios aceptaron a regañadientes. El precio de no haber sabido formar a un heredero digno fue nada menos que perder la presidencia.

El caso del actual peronismo cordobés resulta ejemplar a este respecto. La baja de De la Sota podría haber sido una catástrofe para un partido más personalista. Se respondió, en cambio, impulsando la candidatura de Marin Llaryora, aceptada por la mayoría como una forma de recambio . Lejos de ser un movimiento traumático o improvisado, fortalecerá la propuesta del partido para jugar a nivel nacional. Paradójicamente el peronismo, que está fragmentado a nivel país, aparece como un bloque mucho más sólido en Córdoba.

En la vereda de la oposición cordobesa el tema es más complejo, porque hay distintas fuerzas sin un objetivo común ni un liderazgo que las aglutine. Hay idas y vueltas entre distintos caciques, ida y vuelta de mensajitos, mezquindades, y un juego del que no está claro cómo podrá surgir una lista con un mensaje unificado. Convengamos que el circuito es más grande; todo se negocia y se consulta con Casa de Gobierno. En esa coyuntura están Mestre, Aguad, Juez, los amigos del Pro y el ex árbitro Baldassi, que está intentando en soledad darle fuerza a la conformación de un Pro futuro.

Se vienen días de noticias a diario, primicias y desmentidas. El juego de la política en estado puro. Si el resto del país no está mirando a Córdoba, debería empezar a hacerlo ahora mismo. No sólo porque la configuración política en la provincia, con un peronismo fuerte y un Cambiemos debilitado, puede anticipar lo que veremos muy pronto a nivel país. Sino porque, de acuerdo a lo que ocurra en octubre de este año, podría ser de la misma Córdoba de donde surjan nuevos referentes, nuevas ideas, y quizás nuevos dirigentes que hagan historia.