La gente está triste y los políticos en la suya

Lentamente, y un poco a los tumbos, avanza la configuración política camino a Octubre. En el peronismo, Randazzo decidió lanzar su propio espacio dentro del PJ -con el poco marketinero nombre de CUMPLIR- y desafió a Cristina. Pero la ex presidenta lo dejó pagando. Va a jugar por fuera del PJ, pero presuntamente -en lo que algunos ven como una jugada maestra- hará que uno de sus leales, Mario Ishii, vaya a internas contra el ex ministro, impidiéndole así que use todos los recursos del Partido.

Mientras tanto, Cambiemos trata de poner orden en sus filas, no siempre con buenos resultados. El descontento de Carrió y la UCR, la ida de Lousteau generaron cierta “mufa” en el gobierno, que sin embargo no termina de perder la mística ganadora. Los partidarios de la tercera vía, Massa y Stolbizer, prueban suerte uniendo fuerzas. Nadie -entre propios y ajenos- quiere que Cristina vuelva, pero todos quieren que se presente.

Muchos demoran sus decisiones en base a las de ella, y actúan según lo hace la ex funcionaria. Cristina casi siempre corre con ventaja, aunque esto no significa que vaya a ganar.

En resumen, el panorama político es muy animado, muy interesante, muy emocionante… para los políticos. Pero esta vez quiero hacer una pregunta muy simple: mientras tanto, ¿qué pasa con la gente? La gente no está ni animada, ni interesada, ni emocionada por las elecciones. Está preocupada por sobrevivir y por llegar a fin de mes.

Hay un chiste brillante de Quino, en el que se muestran funcionarios sonrientes y de traje, de distintas organizaciones como FAO y ONU, reunidos para tratar los temas del hambre, la pobreza, la salud, etcétera. En el último cuadro, aparece una familia humilde, con una casa que se cae a pedazos y un montón de cuentas sobre la mesa. También ellos están ocupados en resolver sus problemas de hambre, pobreza y salud… la diferencia es que ellos tienen que hacerlo de verdad.

Este chiste es una radiografía perfecta de lo que ocurre ahora mismo en el país. La gente está triste. Siente que tiene cada vez menos y que el estado le exige cada vez más. Se siente melancólica, cansada. Y sobre todo, ignorada por esa masa de políticos que se ocupan sólo de sus propias alianzas pero poco de los problemas reales de la sociedad. Ocasionalmente hablan de esos temas, pero sólo porque tienen que hacerlo. Como esa gente que pregunta “¿cómo estás?” por obligación, pero se muere de ganas de hablar de sus propios temas.

Tuvimos un ejemplo muy claro de esto en la última semana. La quita de pensiones por discapacidad cayó muy mal entre la sociedad, y peor aún las retractaciones, pronunciadas con tanta liviandad, de Carolina Stanley y Guillermo Badino. Muchachos: admitir los errores está bien, pero no se puede hacer todos los días. Mejor es dejar de cometerlos.

En este tipo de acciones, irreflexivas, es donde se pone de manifiesto el poco conocimiento que tiene el gobierno de las problemáticas. Podríamos mencionar incluso que hay altos funcionarios nacionales en situación de discapacidad, pero no es este el problema de fondo. El problema es que los discapacitados que necesitan de esa pensión son, antes que discapacitados, pobres, y Cambiemos tiene una inhabilidad característica para comprender a los pobres.

Tal vez conozcan el tema de lejos, de la colecta anual de Caritas y las visitas ocasionales a las villas. Pero, la verdad sea dicha, por más bienintencionados que sean, los que nacieron en cuna de oro, los que nunca pasaron hambre ni necesidad, a duras penas conocen el valor del dinero. Una AUH vale $1243. Eso es lo que uno de los mentados funcionarios se gasta, seguramente, en una cena. O en una merienda. Ninguno de nuestros gobernantes sabe lo que es contar cada peso para llegar a fin de mes. Y a ninguno le parecerá grave sacarle a los beneficiarios 1243 pesos “de morondanga”.

Es por lo mismo que a Macri no le parece excesiva la diferencia entre 6 mil y 9 mil pesos de jubilación. Pero preguntémosle a un jubilado si esos 3 mil pesos de diferencia no le importan, y seguro tendremos una respuesta diferente. La sociedad quiere vivir justamente; no quiere ñoquis y menos que usufructúen con la discapacidad.

Lo más lógico sería que con la gran cantidad de empleados del estado, en desarrollo social conformen una comisión de veedores sociales que a partir de visitas sugieran en que categoría están cada uno de ellos. Sería más justo que manejarlos desde un excel.

La gente está triste. Siente que no forma parte de lo que ocurre. Y, en consecuencia, no le interesa nada de lo que ocurre. A esta sensación se la llamaba, años atrás “acedia”. Y una vez que está instalada, es muy difícil de erradicar. ¿Se darán cuenta de esto los políticos? A veces lo dudo, de verlos tan entusiasmados en sus propios conflictos, armados, estrategias y estratagemas.

Me gustaría recordarles que, hace mucho, un pensador que se llamaba Emanuel Swedenborg, se imaginó el infierno no como un lugar de fuego y torturas, sino como un mundo en que sus habitantes están continuamente haciendo y deshaciendo alianzas que, enemistándose, amigándose, traicionándose. Todo eso sin llegar nunca a ningún lado. En el infierno de Swedenborg no hay torturas porque parece que con esa vida es castigo suficiente.