Si Robin Hood fuera argentino

Hay una película infantil de Robin Hood, de los años 70, en que todos los personajes son animales. No sé si la habrán visto. Puede parecer un planteo inocente, pero tenía la virtud de explicarle a los niños uno de los temas más candentes de la agenda liberal: los impuestos. El mundo estaba entonces al borde de una recesión que terminaría por llevar al poder los programas de recorte estatal de Reagan, en EEUU, y de Thatcher, en el Reino Unido. Así que, en la película, el malvado Príncipe Juan les cobraba impuestos exorbitantes a sus súbditos: más altos cuanto más pobres eran. Lo peor es que no usaba el oro para nada; sólo le gustaba acumularlo. Robin Hood era el héroe de la película porque le robaba al Príncipe Juan (el Estado) y le devolvía el dinero a sus dueños legítimos (la gente).

En el mundo adulto, el análisis puede ser más complejo, pero básicamente es el mismo. Varios pensadores liberales se pronunciaron en contra de los impuestos como una forma más del intervencionismo estatal. Murray Rothbard fue uno de los más extremos, al afirmar que los impuestos son nada menos que un robo. Ciertamente, muchos argentinos parecen estar de acuerdo con él. Según datos del año pasado, Argentina es el quinto país con mayor evasión impositiva del mundo. En 2016, se evadieron pagos por más de 21.000 millones de dólares: un 4,4% de nuestro PBI.

Hay que reconocer que si algo supo hacer bien el gobierno kirchnerista fue recaudar. Mientras la educación, la salud y la seguridad funcionaban igual que antes, o peor, el Estado se volvía cada vez más eficiente en una sola área: la fiscal. Un duro error de cálculo en este sector -el impuesto a las Ganancias- le significó a la Dra. Kirchner la pérdida de una franja de la clase trabajadora que hasta entonces le había dado un apoyo con reservas. Fueron esos mismos los que votaron a Macri, esperando que, con él, llegará el alivio fiscal.

Año y medio después, el gobierno de Cambiemos supo a duras penas cumplir con sus promesas de modificar Ganancias -y lo hizo apurado por la oposición. Macri llegó al poder con promesas de achicar el estado mastodóntico que le había legado el kirchnerismo. Algo que emprendió casi sin tocar la parte más refinada de todas: el sistema impositivo. Por eso la agenda liberal de Cambiemos quedó renga. El gasto público bajó; se quitaron subsidios a la energía y al transporte, se eliminaron pensiones. Pero los impuestos siguen siendo tan altos como antes o más. No es de extrañar que el asalariado promedio esté descontento con esta situación. El Estado le cobra cada vez más, pero le da cada vez menos.

No se trata sólo de individuos, claro, sino de toda la economía. Para poner un ejemplo, observemos el análisis infográfico realizado por I.A.P.U.Co. (Instituto Argentino de Profesores Universitarios de Costos) por solicitud de Fadeeac (Federación Argentina de Entidades Empresarias del Autotransporte de Cargas):

Cuando se apunta al costo del combustible como responsable de los aumentos en el transporte, se pierde de vista que la mayoría de los costos están representados por los impuestos. En conjunto con los salarios, se llega a más de un 60% del costo total. Según el Foro Económico Mundial, la carga impositiva en Argentina es superior a los beneficios que obtienen las empresas. En un ranking de competitividad, nuestro país ocupa el puesto 104 de 138 países. De esta forma es difícil que lleguen las inversiones tan ansiadas por el gobierno.

Hay que decirlo: a nadie le gusta pagar. Pero menos todavía le gusta pagar pensando que ese pago no va a servir para nada. Las experiencias de las últimas décadas nos llevaron a pensar que el único destino de nuestros impuestos son los bolsillos de los funcionarios corruptos. Pero esto no tiene por qué ser así. Un rápido vistazo a los índices mundiales nos muestra que los países en los que se pagan más impuestos también son aquellos donde hay estados eficientes, mejor distribución de la riqueza – y también economías más abiertas.

Si Cambiemos busca cambiar nuestra concepción de los impuestos deberá esforzarse más. No recortarles a los que más necesitan de la presencia del estado, sino construir una maquinaria estatal más fina y eficiente. Podría servir algo que decía el lingüista George Lakof: “No pensemos a los impuestos como un carga, sino como una inversión a largo plazo”. O como la cuota del club, que pagamos para que el club funcione, para que las instalaciones estén limpias y cuidadas, para que el equipo juegue cada vez un poco mejor. Y la pagamos, también, para tener el derecho a pertenecer a ese club de nuestro amores. Pero este cambio de mentalidad sólo puede funcionar si el gobierno está dispuesto a demostrarnos que el estado es nuestro y para nosotros.