Los políticos y el cuidado moral del espacio público

Aunque a primera vista no parezca tan importante, la idea de espacio público tiene una connotación política importantísima. Como escribió Hannah Arendt, es en el espacio público donde la masa heterogénea y caótica de la sociedad se encuentra y coexiste en forma armoniosa, sin caer “unos sobre otros”.

Para decirlo de otra forma, el espacio público sólo puede existir en democracia, y la democracia sólo puede existir si se respeta el espacio público. En otros sistemas, esta esfera le pertenece exclusivamente al grupo que detenta el poder.

Esa es, lisa y llanamente, la explicación de que nos resulte tan violento no poder disponer de nuestro espacio público. Un mal que, en Argentina, venimos sufriendo hace años. La calle debería ser el lugar simbólico donde todos nos ponemos de acuerdo en seguir ciertas reglas y ciertos valores, sin importar lo diferentes que seamos. La calle le pertenece al pueblo, por supuesto, pero un pueblo que está formado por todos.

De ahí el problema de que un grupo de encapuchados se la apropie violentamente y lo haga, presuntamente, en nombre del pueblo. “¿¡Cómo del pueblo!?”, preguntará otro, “¿¡Y yo!?”.

En definitiva, se trata de un síntoma más de la degradación democrática -uno que muchas organizaciones políticas han sabido explotar para sus propios fines. En ciertos contextos, esta toma del espacio público puede ser necesaria. Por ejemplo, cuando las madres de los desaparecidos se apropiaron de la Plaza de Mayo durante la dictadura. O cuando se hacían marchas contra el Apartheid en Sudáfrica.

Es decir: cuando no hay democracia. El peligro es que, cuando un solo grupo se adjudica el derecho de representar al pueblo, de hablar en nombre de él, de tomar la calle en nombre de él, eso no es democracia, es populismo.

Pero ya a nadie puede sorprenderle que la avenida más importante de la capital esté cortada por un grupo de encapuchados con palos. Menos todavía cuando es época electoral. Los partidos, aunque no lo hagan abiertamente, han caído en esta lógica de llevar sus conflictos al espacio público, y parecería, de buscar más violencia como una manera de ganar rédito político. Parece que todo vale, aunque no debería ser así.

El otro día, el suicidio de un jubilado en ANSES -otro espacio público- fue utilizado políticamente incluso antes de que se supiera qué había pasado.

Sin trazar ninguna distinción partidaria, me limito a advertir el peligro que significa que la política se cuele en todos los espacios públicos, y pueda, potencialmente, utilizar todos para su propio beneficio. Ojo, no nos confundamos: la calle es de la sociedad, no de los partidos. La política, a lo sumo, puede tomarla prestada un ratito.