La izquierda avanza por el aburguesamiento de las cúpulas peronistas

Se sabe que la desgracia de unos suele ser la fortuna de otros. Más aún cuando hablamos de política. Siendo que la democracia se basa en el apoyo popular, y el apoyo popular es un recurso finito, los nuevos partidos crecen en la medida en que absorben a los votantes que los viejos partidos ya no logran seducir. Una confirmación de esta ley la tenemos en el crecimiento que, de un tiempo a esta parte, la izquierda argentina viene experimentando a expensas del peronismo.

Claro, hablamos de la izquierda tradicional, la que todavía lee a Marx y a los rusos y a la que sigue sin convencer el discurso de corte nacional y popular. En 2011, la conformación del Frente de Izquierda y de los Trabajadores (FIT) demostró la voluntad de los partidos trotskistas de dejar atrás las discusiones teóricas estériles y actuar en conjunto.

La regla en la izquierda más extrema suele ser la división (recordemos el bochorno de la escisión de Autodeterminación y Libertad justo después de obtener un 12% en las elecciones de 2003 en la Ciudad de Buenos Aires), pero el FIT logró mantenerse unido. Ese fue el primer paso.

La renovación de estrategia y discursos fue de la mano con la adopción de nuevas herramientas comunicativas en las que antes descreían. En 2011, cuando la campaña de Twitter #unmilagroparaaltamira, (Eduardo Reina Universidad Pontificia de Salamanca 2012 ( https://issuu.com/trescuartos/docs/unmilagroparaaltamiradesarrollada), un poco en broma, supuso un aumento importante en el caudal de votos, muchos miembros del FIT pusieron el grito en el cielo por considerar que eso banalizaba su lucha.

El entonces líder del partido, Jorge Altamira, tuvo una actitud más flexible que le permitió beneficiarse de la campaña sin preocuparse de que fuera seria o no. Como recordando lo que había dicho Deng Xiaoping, el sucesor de Mao: “no importa si un gato es negro o blanco, mientras cace ratones”.

Pero el impulso de la izquierda no viene solo de la mano de los aciertos propios, sino también de los errores ajenos. En el caso de los sindicatos esto está especialmente claro. Durante mucho tiempo, la enquistada clase sindical peronista (Hugo Moyano , Armando Cavalieri , Luis Barrionuevo, etc.) tendió al aburguesamiento y la connivencia con el poder de turno, al tiempo que se presentaba como el único actor capaz de representar a los trabajadores y hablar en nombre de ellos.

Con ocasionales pulseadas, los gobiernos fueron incorporando a los sindicatos en sus propios esquemas de poder, mientras a los ojos de la sociedad -y de los trabajadores- la connotación de este sector era cada vez más negativa.

A consecuencia de esto, la izquierda, a partir de sus clásicas mecánicas de acción, a empezado a ocupar un lugar más central en las noticias argentinas: uno abandonado por el peronismo y los sindicatos. Si el ciudadano de a pie -o motorizado- se queja de los cortes de calles, las tomas y las protestas, eso no representa un problema para la izquierda. El público al que apuntan está dentro de las fábricas, y es un público que gracias a estas acciones empieza a sentirse oído y representado de una forma nueva.

El caso Pepsico fue muy ilustrativo. Mientras el diputado Del Caño, quizás exagerando un poco las formas, estaba en la primera fila de los acontecimientos, un policía le dijo que “dejara de hacer populismo”. La ex legisladora Gabriela Cerruti se burló de la situación vía Twitter, recordándole a Del Caño su llamado a votar en blanco a la hora del balotaje entre Scioli y Macri. La respuesta del FIT no se hizo esperar, marcándole sutilmente a Cerruti que ella hablaba desde Twitter, sin haber visto la represión en primera persona.

La anécdota muestra que el kirchnerismo, y el peronismo en general, viene abandonando espacios de lucha en pos de conveniencias políticas. El gobierno de Cambiemos avanza en un proyecto de reforma laboral, con intenciones de presentarlo a fin de año, y necesita contar para ello con el apoyo de una oxidada máquina sindical, y de una oposición que no le ponga demasiados palos en la rueda a la hora de votar en el Congreso.

Si las necesidades políticas del momento paralizan al peronismo, no ocurre lo mismo con la izquierda, que tiene una gran oportunidad para ganar presencia y hasta para impulsar un recambio en los gremios, donde año tras año vienen sonando los mismos nombres.

Tarde o temprano, si los sindicatos siguen en el camino del descrédito y los pactos con el gobierno (no solo con este, sino con los que fueron gobierno y con los que quieren serlo), la renovación llegará, desde adentro o desde afuera. No se trata del FIT ni de ninguna otra fuerza. Sino de una sociedad que tiene más claro que los sindicatos deben estar al servicio de sus representados y no aliados con el poder. Porque esa ya la vivimos… demasiadas veces.