Incipiente crisis en el gobierno ecuatoriano

Este miércoles, el vicepresidente de Ecuador, Jorge Glas, publicó una dura carta pública criticando las medidas tomadas por su único superior en el poder ejecutivo ecuatoriano, el presidente Lenin Moreno.

Esto ocurrió después de que el ex presidente, Correa cuestionara duramente el camino elegido por su sucesor, que parece seguir un rumbo distinto al populismo que a él y a su partido, Alianza País, le llevó una década construir. Sin echarse atrás, Moreno prometió seguir con sus planes de sanear la situación económica. Como lo había prometido, el jueves pasado publicó un informe para sincerar esta situación, a la que calificó de “crítica”, despertando la ira de Correa y de sus propios compañeros de partido. El detalle: todo esto sucede cuando Moreno lleva poco más de dos meses en el poder.

La carta de Glas le enrostra a Moreno el haber sido funcionario, después candidato, del gobierno anterior, y haber callado las críticas que ahora enuncia a los cuatro vientos. Lo acusa también de haber sellado una alianza con Abdalá Bucaram, del partido Fuerza Ecuador. “¿Está preparando el terreno para perseguir a sus antiguos compañeros?”, pregunta, y sentencia, con un tono que si no es de amenaza se le acerca mucho: “La Patria no puede perder el tiempo”. El caso de Glas no es excepcional, ya que en general la línea dura del partido tiene la sensación de que Moreno ha llegado para cambiar las cosas y cancelar algunos privilegios.

Ahora es más grave, ya que el acusa al presidente es quien le sigue en la línea sucesoria. Como el voto no positivo de Cobos, se trata de un ruptura directa entre el presidente y el vice, pero en este caso es diferente, ya que el partido acompaña al vice.  No faltan, claro, las murmuraciones, hasta las teorías conspirativas, que dicen que este era el plan de Correa y AP desde el primer momento. Después de todo, Moreno había sido presidente de Correa entre 2007 y 2013, hasta distanciarse de él, por razones inciertas, y ser reemplazado nada menos que por Glas. Sin embargo, en este triángulo presidencial y vicepresidencial, AP eligió a Moreno para encabezar la fórmula a fines del año pasado, ya que este político con nombre de revolucionario bolchevique era quien mejor “medía” en las encuestas.

Por supuesto, eso de medir bien se debía a que Moreno era percibido como un hombre eficiente y poco conflictivo, capaz de cerrar la grieta que la Revolución Ciudadana de Correa había abierto en la sociedad ecuatoriana y también, sobre todo, de reparar sus desmanes económicos. De manera, especulan algunos y eran versiones urbanas   que poner a Jorge Glas (candidato de confianza de Correa)  junto a la fórmula con Lenin para poder asegurarse la sucesión en ¨caso de que a Lenin Moreno se viera incapacitado a seguir con su cargo de  presidente  ¨

Más que un caso Cobos, parece ser que lo que se hizo realidad en Ecuador es un escenario que en nuestro país no llegó a concretarse: el de Scioli presidente y Zannini vice.

A poco de haber asumido, está claro que Moreno conserva el apoyo popular y las altas expectativas que lo llevaron al poder, pero también que con esto por sí solo no es suficiente, ya que llevar las riendas del gobierno no siempre equivale a tener el poder. Correa, sumándose al ataque de Glas, propone ahora crear un nuevo movimiento para oponerse al nuevo gobierno; pero este movimiento, aunque cambiara de nombre, seguiría siendo Alianza País, y a Lenin, a lo sumo, le quedaría la cáscara del partido, el nombre y nada más. Más que nunca, el presidente debería pensar en cimentar una configuración política propia -la Rocafuerte, como la he llamado en otros lugares- porque le será imposible gobernar los próximos cuatro años al frente de un partido que preferiría verlo afuera.

La historia de Ecuador resulta vagamente familiar, ya que sigue siendo el caso del populismo que no se resigna a abandonar el poder, ya que se considera dueño de él, por mucho que lo hayan derrotado en las urnas. El cantito de “vamos a volver”, que se va escuchando más y más, revela esa impaciencia. Esperar cuatro años, para el populismo, es demasiado. Y entre esperar a las próximas elecciones y apurar la salida de un gobierno democrático, parecen inclinarse siempre hacia esto último.