Comunicación y Duranbarbarie

La consultoría política no nació ayer, ni tampoco hace unos años, cuando a Mauricio Macri alguien le recomendó contratar a cierto renombrado asesor andino. De hecho, ya en una nota de 1968, el New York Times hablaba del fenómeno emergente que era la profesionalización de los consultores y asesores de campaña en EEUU.

No casualmente, en la misma época en que los medios de comunicación se volvieron verdaderamente masivos. Y, como suele ocurrir, una vez que la tendencia se instaló en el país del norte, se trasladó muy rápido al resto del mundo.

La comunicación política quedó establecida desde entonces como una disciplina compleja que nuclea varias áreas, desde la sociología hasta la publicidad, con el objetivo de interpretar información proveniente de la opinión pública para lograr una comunicación eficiente entre los ciudadanos y sus representantes (o aspirantes a).

En 1968, el célebre Joe Napolitan y una cincuentena de especialistas fundaron la Asociación Americana de Consultores Políticos. Más tarde, Napolitan, junto a los referentes europeos, el francés Bongrand y el español Sanchis, crearon la Asociación Internacional de Consultores Políticos (IACP, según la sigla en inglés), a la que siguieron diversas organizaciones nacionales y regionales.

Pese a esta rica historia, en Argentina hace unos años que el término “duranbarbismo” ha reemplazado al concepto de comunicación política. Como vimos, el área ya existía antes del desembarco ecuatoriano; a lo sumo, el único fenómeno nuevo es que el consultor, además de realizar su trabajo, se haya convertido en un personaje público, reconocible en los medios, y hasta en celebridad. Y el problema, frecuente, es que esta presencia pública degrade su actividad y sus indudables méritos.

Acá se trata también de una importación (no podía ser de otra forma) de EEUU. Allá lo tienen a Roger Stone (protagonista de un reciente documental de Netflix) que a los 25 años se enorgullecía de figurar en la lista de implicados en el escándalo Watergate. Según su filosofía, la fama siempre es preferible, aun si es por malas razones.

La marca del estilo Stone es que el consultor adquiera notoriedad y pase a convertirse en un actor político. Por desgracia, aunque esto pueda resultar útil para el candidato que los contrata, no es bueno para la profesión. Así como desde la década pasada nos tocó hablar del “periodista militante”, ahora podemos referirnos al “consultor militante”. La analogía no es casual.

El consultor, como profesional, dispone de datos, instrumentos teóricos y herramientas de análisis que lo respaldan. Hacer declaraciones políticas supone manipular esos recursos, o darse aires de autoridad apelando a ese saber que la mayor parte de la sociedad ignora. En cualquier caso, termina degradando la percepción pública sobre la profesión.

Lo que estamos viendo no es la duranbarbización de la política, sino la duranbarbarie. Es la época de las declaraciones con punch pero poco rigor profesional, del uso del lugar que corresponde al analista político para llevar agua para su molino, en lugar de entregar análisis honestos.

Pero el trabajo del consultor debería ser el estudio de la situación política para realizar estrategias de campaña y de comunicación para su candidato. ¿Es naif esta presunción? Para nada: hay una inmensa mayoría de consultores que hacen su trabajo de esta manera. Y precisamente porque lo hacen bien es que no están tan visibilizados en los medios como aquellos que la hacen mal, que aparecen en la televisión haciéndose los picaros y encima se las dan de ser los únicos que entienden cómo es la comunicación política.

Así como existe en todas las otras profesiones, la consultoría política tenga también un código de ética implícito dentro de la buenas practicas , o sea lo más elemental, lo más importante. Que el conocimiento debe utilizarse con responsabilidad, y que el consultor es un profesional, no un militante. Ya es hora de empezar a pensarlo, antes de que la actividad se transforme en una versión política del Bailando por un Sueño; pura farándula, chicanas, lucecitas y declaraciones escandalosas.