Por falta de un clavo se perdió una herradura…

Mañana los argentinos vamos a votar en un clima enrarecido. Es comprensible que el hallazgo del cuerpo de Santiago Maldonado haya conmovido a la sociedad, más aún cuando se produjo tanto tiempo después pero en el lugar mismo de su desaparición. 

A 78 días todavía es muy pronto para saber lo que ocurrió – por eso me parece mejor optar por el respeto y no sumar más especulaciones a un caso que ya tiene demasiadas. En cambio, me parece importante pensar en las consecuencias que este hecho tiene en la sociedad y en la vida política del país.

No es raro, desde hace unos años, que cualquier acontecimiento venga acompañado de una división terrible en la opinión pública. Es una división alentada por gobiernos, pero también, fundamentalmente, por los medios de comunicación, que encontraron en ella un negocio estupendo. La información se genera y se publica con poca responsabilidad, agitando los ánimos en lugar de aquietarlos. Cuando la división se transforma en violencia, eso también es noticia, y los medios la muestran como sorprendidos de que ocurra.

No es casual que le hayamos puesto “la Grieta” a este fenómeno. Es una metáfora bien espacial: el piso se abre y unos quedan de un lado, otros quedan del otro, y las distancias se agrandan cada vez más hasta que es imposible saltar y ponerse en el lugar del otro. Que hayamos elegido este término habla mucho de un país en que el espacio, o más precisamente el espacio público, es un trauma central. Es algo que sentimos cuando una parcialidad política ocupa plazas o calles e impide transitar, como si esos lugares les pertenecieran a ellos y no al resto de la sociedad; es una forma de decir que sólo ellos tienen la razón, y nadie más.

También es propio de un país en que crecientemente se confunde lo público, lo privado y lo comunitario. Las agrupaciones políticas que funcionan como microestados ejercen cada vez más un control autoritario en espacios que deberían ser de toda la sociedad, ante la inoperancia del estado. Lo demuestra el hecho de que una investigación no haya podido avanzar porque un juez federal tenía miedo de avanzar en una “zona sagrada”. O el hecho de que bomberos debieran trabajar acompañados por hombres encapuchados y armados ajenos a las fuerzas del estado.

Pero el espacio público no empieza ni termina en el espacio físico. El espacio público es el lugar, real o simbólico, en que los individuos de una sociedad tienen derechos a transitar libremente, sin que la propiedad privada o pública le restrinja el paso. Es el lugar, entonces, donde cada quien puede desarrollarse como una persona libre y miembro pleno de la democracia. La invasión y el avasallamiento de la sociedad no ocurren solo en las calles y en las plazas, sino también en las pantallas.

A toda hora, la televisión nos muestra programas plagados de panelistas y opinólogos, todos ellos portadores de verdades absolutas de lo más contradictorias, capaces de cambiarlas al día siguiente, o al minuto siguiente, porque lo que vende es la noticia, sin importar que sea cierta, y sin importar el efecto de división que produce en la sociedad. También somos rehenes de esos medios, que nos cortan el derecho a ser bien informados, formar nuestras propias opiniones y decidir libremente.

No será mañana, porque estas cosas no cambian en un solo día, pero ojalá que las elecciones sean una oportunidad para reflexionar y poder descubrir   la importancia de los pequeños detalles en la gran historia: como dice aquel cuentito “por falta de un clavo se perdió una herradura, por falta de una herradura se perdió un caballero, por falta de un caballero se perdió una batalla… y así se perdió el reino, todo porque faltaba un clavo”.